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sábado, 2 de enero de 2010

Paulina no conquistó a Chavón


El anfiteatro de Altos de Chavón no estaba completamente lleno. Un moderno juego de luces fue activado y los cuatro músicos entraron a escena, seguidos de dos bailarines que buscaban con una linterna a la llamada Rubia Dorada. Eran las 10:11 de la noche cuando Paulina Rubio salió a encontrarse con el público dominicano, vestida de negro, con falda corta, botas de tacones finos y chaqueta alusiva al estilo militar.
Los haces de luz multicolor rebotaban en los discos compactos que hacían de escenografía, y tres pantallas colocadas al fondo del escenario comenzaron a mostrar imágenes de apoyo a la canción de entrada: “Algo de ti”.

Los aplausos, en su mayoría de adolescentes y jóvenes, no se hicieron esperar, tampoco los gritos de los más emocionados, ya ajenos al retraso que se prolongó por una hora y cuarenta minutos.
Paulina inició el concierto con toda la energía que su mediana voz le permitió, haciendo rejuego escénico con el guitarrista y el director de orquesta, encargado del bajo. Un potente equipo de sonido ayudó a despertar las emociones que se hacían insensibles a la calidad interpretativa.
“Buenas Noches, Romana”, gritó la artista pop, antes de dar rienda suelta al primer set de canciones, compuesto por “Ni una sola palabra”, “Lo haré por ti”, “Todo mi amor”, “Más que amigos” y “Yo no soy esa mujer”.
La pareja de bailarines, vestidos a la manera de pueblerinos latinoamericanos, marcó el primer intermedio con el desarrollo de una coreografía. Inmediatamente después la artista mexicana retornó a escena ataviada como vaquera y cantando “El último adiós”.
Este fue uno de los temas que provocó mayor dinamismo entre el auditorio vigilado por unos 25 miembros del Cuerpo de Bomberos de La Romana y cerca de 30 integrantes del equipo de seguridad privada contratado para el show.
“Dame otro tequila”, “Ni rosas ni juguetes”, “Nada puede cambiarme”, “Enséñame” y “Algo tienes” fueron los temas que siguieron mereciendo el aplauso de muchos.

Paulina iba desarrollando cada canción mientras se movía de un lado a otro del escenario. Más que por el baile, su desenvolvimiento escénico estuvo marcado por el despliegue de su cabellera rubia y rizada.
“Siempre va a haber romance entre un hombre y una mujer. No voy a preguntar quién es mejor. Les voy a dedicar esta canción”, dijo segundos antes de que se escucharan los acordes de “Melodía de mi alma”.
En ese instante parte del público se emocionó y comenzó a gritar las letras de la pieza. Siguieron “Enamorada”, “A contra luz” y “Don´t Say Goodbye”.
Después de una anunciada salida de escena. El auditorio, como es costumbre, pidió otra. Y la rubia salió a complacer con “Causa y efecto”, “Y yo sigo aquí”, y “Te quise tanto”, aquella que en estos momentos es un hit de las emisoras juveniles locales.
Así terminaba, a las 11:32 de la noche, un concierto tan “pop” como la artista que lo protagonizó.

Estrella pop

En la vida como en la música, una cosa es con guitarra y otra con violín. El concierto ofrecido por Paulina Rubio en el anfiteatro de Altos de Chavón demostró que la actual generación de estrellas pop de América Latina necesita algo más que las maravillas del estudio de grabación y la buena campaña publicitaria.

En algún momento estos artistas tienen que enfrentarse con la realidad del escenario, donde vale más el buen canto que el juego de luces, las bocinas y el despliegue coreográfico. La Pau puso mucha energía a su repertorio, pero no consiguió convocar a la llamada “magia de Chavón”. Se quedó corta.

Otros detalles

La producción parece que invirtió importantes recursos en el levantamiento del escenario, equipado con sonido de calidad, luces dinámicas y sistema de pantallas. Este fue uno de los elementos más interesantes del concierto.
Antes de finalizar el recital, Paulina utilizó un lienzo enmarcado para hacer un dibujo que posteriormente regaló a alguien del público.
En un momento del show, cuando Paulina estaba cantando con todas sus pilas mexicanas, dos jóvenes del público se levantaron y pusieron en alto una bandera roja con el rostro de Ernesto Che Guevara, insinuando Dios sabe qué cosa.
Por Jhonatan Liriano

viernes, 2 de octubre de 2009

CONSTITUCIÓN BASURA

La constitución que prepara el Congreso Nacional de República Dominicana es una basura, un listado de normas conservadoras aprobadas por legisladores ilegítimos, traidores de la población que los eligió. Sólo representan sus intereses económicos y los del partido que los colocó por encima de sus iguales. Todas las normas derivadas de ese mamotreto serán ilegítimas.
NO A LA CONSTITUCIÓN
COÑO!!

viernes, 4 de septiembre de 2009

Chávez es la región


El presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Rafael Chávez Frías, es un fiel representante del deseo de cambio de los pueblos de América Latina. Durante siglos los "criollos" han sido sometidos a pontencias extranjeras. Las riquezas de sus tierras y sus mares han ido a parar a otras naciones, mientras millones de sus habitantes viven en la dramátismo de la marginalidad. Al fin la región asumió la dirección de su destino, la unidad de sus naciones. Hugo Chávez reconoce el momento histórico que le ha tocado vivir, contrario a los presidentes sínicos que prefieren, por conveniencia, quedarse bajo la falda de Mister Yankee.
Adelante, Chávez. La justicia y el amor serán la Ley.

jueves, 27 de agosto de 2009

Si Dios fuera mujer


  ¿y si Dios fuera una mujer?
-Juan Gelman

¿Y si Dios fuera mujer?
pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.

Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para besar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.

Si Dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos SIDA o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.

Si Dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos,
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,
con sus brazos no cerrados,
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles.

Ay Dios mío, Dios mío
si hasta siempre y desde siempre
fueras una mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
prodigiosa blasfemia.
Mario Benedetti

sábado, 14 de marzo de 2009

Ven, que hoy es sábado


Hoy es sábado, muchacha, y la tarde está para comérsela, con todo y sol, con todo y cielo.
La brisa clara y fresca de marzo espera para llevarnos a caminar por encima de la acera del barrio, agarraditos de la mano. Saldaremos la deuda acumulada con los viejos amigos y cruzaremos la esquina que siempre es una fiesta. Los periódicos y los noticieros televisivos los dejaremos en casa, para que no intenten jodernos el único día en que somos nosotros. Date pronto, que estoy loco por beberme tu risa, que tengo unas ganas enormes de bendecir todas las cosas, incluso a los malditos partidos políticos. Debemos aprovechar que la mayoría de los funcionarios se retiran a sus fincas robadas y nos libran de la náusea que su presencia nos causa. Por ti nos detendremos a comer helado de “tresleche”, y por mí pasaremos a bebernos un jugo de limón o un vaso de habichuela con dulce en casa de doña Nerola. Con la panza llena iremos al parque, donde limitaremos el contacto a la más simple caricia porque el lugar se llena de carajitos y carajitas. Volverás a recordar el día en que nos conocimos, en un “voladora”. Yo reiteraré mi deseo de tener cuatro hijos. “Ay sí, cómo no. Si tú los pares, porque yo sólo quiero una hembra y un varón. Eso de encabezar una tribu es para las mujeres de antes, mi amorcito”, contestarás, dejando escapar aquella pícara sonrisa que siempre derrumba mis argumentos. De repente llegará la noche. El parque será tomado por los grillos. Y el viento frío nos pondrá la piel de gallina. “Hace mucho frío”, me dirás. “Antes de salir dejé encendida la luz de mi habitación. Debe estar calientita”, te contestaré. Por cuestiones culturales harás un silencio más elocuente que los discursos del presidente de la República. A la humildad de mi hogar llegaremos en sólo cinco minutos. Me tragaré las palabras y comenzaré a besarte como el loco que soy, para cambiar el calor de la bombilla por el de dos cuerpos que empiezan a desnudarse, a quitarse la amargura del lunes, la pereza del martes, las ansias del miércoles, y la desesperación que llega el jueves y el viernes se hace insoportable. En ti encontraré a un ser distinto, hambriento de caricias y besos. En mí se borrarán los cambios sociales, el teatro y las demás pendejadas que me mantuvieron despierto. Buscándonos nos perderemos. Todos los recursos que nos brinda la juventud no serán suficientes para calmar tanta sed. Nadaremos en el sudor más dulce del mundo. Y, por este sábado, ningún dichoso será más dichoso que nosotros. El domingo amaneceremos gratamente cansados y listos para enfrentarnos al lunes, al plomizo lunes que sólo sirve para desear la libertad del sábado. Por Jhonatan Liriano. Ilustración de Rafael Hutchinson.

domingo, 15 de febrero de 2009

El parque olía a cambio


Yo estuve ahí. Con estos ojos que se han de comer los gusanos, observé el gran acontecimiento. No voy a decir que los participantes formaban una multitud, pero sí eran los suficientes como para comenzar la revuelta que tanto necesita esta República de las Maravillas. Antes de la hora señalada, agentes policiales rodearon el parque que los jóvenes perfumaban de indignación y esperanza a medida que iban llegando. Vendedores ambulantes, estudiantes universitarios, parejas recién copuladas, mecánicos, chivatos, obreros, dirigentes sindicales, amas de casa, artistas y amigos de la prensa se reunieron frente a la glorieta, cada quien con su respectivo zapato en la mano. El equipo organizador ya había colocado muñecos en representación de los maravillanos que han convertido a la nación en una cueva de manilargos y simuladores. Los policías intentaron distraer a los presentes con una de sus conocidas payasadas, pero la astucia y la visión previsora de los muchachos y las muchachas no permitió el boicot. El acto continuaba. Una de las coordinadoras inició la cuenta regresiva: “Cinco, cuatro, tres, dos, uno...” Y llovieron zapatazos, sobre los muñecos, sobre la impunidad, sobre la corrupción, sobre las mentiras del Gobierno, sobre el sistema de partidos clientelista, sobre la Justicia complaciente, sobre la inercia, sobre el olvido. En cada lanzamiento los jóvenes expresaron la vergüenza que sienten por vivir en un país donde las autoridades privilegian a los delincuentes y castigan a los promotores de la esperanza. En la suela de algunos zapatos pude leer reclamos de profundos cambios sociales, otros convocaban a un río de sueños, a un caudal de esperanza, y todos exigían respeto. ¿Que se pasaron de la raya? No, ombe. Eso es lo que dicen los acomodados. Los que no padecen todos los días las consecuencias de la corrupción, los que no conocen el discurso del caldero vacío, los que defienden este apestoso estado de cosas porque llevan una vida “organizada” dentro de él. ¿Que mis palabras son feas? Feas son las de los jueces que dicen que toman decisiones importantes bajo presión, pero nunca revelan el nombre de quienes los presionan. Horrible es el caso de los senadores y diputados que no trabajan pero disfrutan de todos los privilegios que les ofrece el poder. ¿Existen declaraciones más desagradables que las ofrecidas por el máximo líder del progreso maravillano después que puso en libertad a una famosa corrupta, dizque por razones humanitarias? No lo creo. La lluvia de zapatazos que calló en el parque Enriquillo la semana pasada no constituye ningún irrespeto. Es el comienzo de una tormenta de transformaciones que nació en el corazón de la juventud comprometida con el presente y el futuro de esta media isla. Es la primera victoria de una lucha que apenas inicia. 14/02/09.

martes, 3 de febrero de 2009

Consejo para un muchacho


Esa cara de perro amarrao la deja pa’ mi velorio, mi hijo, que por ahí viene. El sábado está muy bonito para que vengas a dañarlo con tus refunfuños y tu aburrimiento. Se supone que los jóvenes se caracterizan por ser alegres, dinámicos y llenos de energía, pero tú, Paquito, últimamente andas más cascarrabias que yo, que soy un viejo to’ chueco. Te he dicho como quinientas veces que no debes amargarte la vida con los actos vergonzosos que comenten los dirigentes políticos de esta República de las Maravillas. Esos sinvergüenzas serán juzgados por el dedo implacable de la historia. Y el momento para el cambio que tanto desean tú y tus amigos llegará a su tiempo. Recuerda que los fundadores de este paisito eran muchachos y muchachas como ustedes. Con obritas de teatro y actividades culturales, los héroes nacionales se metieron al gobierno invasor en un bolsillo. Canalizaron las emociones y las fuerzas juveniles de las que gozaban a través de una estrategia bien elaborada que permitió que, una memorable noche de febrero, esta isla se dividiera en dos, para bien de nosotros. Bueno, sabes más que yo de ese tema, fuiste el que me contó la historia completa de Juan Pablo Duarte un día que volviste del liceo vuelto loco, entonando himnos y deseoso de cambiar la nación, y el continente, y el mundo, y todo el sistema solar. “Por desesperada que sea la causa de mi Patria, siempre será la causa del honor, y siempre estaré dispuesto a honrar su enseña con mi sangre”, declamaste cuando entraste por el patio con un bigote postizo en tu rostro, pintado con pasta de limpiar zapatos. ¡Ay!, casi me hago pipi de la risa con aquella imagen, aunque confieso que me contagiaste de la esperanza que te brotaba a cántaro por los ojos. Esa esperanza es la que no debes dejar morir. Los jóvenes no pueden permitirse el desaliento y el cansancio. Están llamados a propiciar los cambios sociales y políticos que la República de las Maravillas necesita y merece. ¿Qué oportunidades ni oportunidades? Tú crees que quines se enriquecen explotando al pueblo o los que aprovechan su estadía en el Estado para amasar fortuna dan oportunidades? No, mi hijo. No supliquen por espacios, fabríquenlos. Como ya el uso del trabuco pasó de moda, usen la palabra. Ármense con la honradez y los sueños que los charlatanes dejaron tirados en el olvido. Cuando comiencen a movilizarse, los acomodados intentarán silenciar sus pasos y amedrentarlos, pero una balsa de gente seria e indignada levantará su voz para acompañarlos. Hasta nosotros, los viejos que estamos “jartos” de ver cómo un grupo de traidores saquean y maltratan nuestra tierra, caminaremos a su lado. Levanta la mirada, Paquito, y llama a tus amigos. Este hermoso sábado está perfecto para comenzar a llenar a nuestra Patria de verdaderas maravillas.
Por Jhonatan Liriano.

sábado, 24 de enero de 2009

Tropezó un policia



Tropezó un policía. Y el tropiezo fue con una bala. Y la bala le borró todos los sueños, incluyendo el de juntarse con los viejos amigos a comer domplines con salami guisado, y a repetir cien veces el cuento de los primeros amores. Mientras caía, se le esfumaba el deseo de comprarle una lavadora a su madre a fin de mes. Pensó que no podría cumplir la promesa de llevar a su hijo a montarse en los columpios de la heladería, este sábado por la tarde. Intentó recordar el Padre Nuestro antes de llegar al pavimento y a la inconciencia. En segundos, su cuerpo quedó empapado de sangre de veintitrés años. Se revolcaba tratando de aferrarse a la juventud, a las metas incumplidas, a la vida. “Paquito, no me dejes sola, mi hijo. Despierta, que te voy a preparar un mangú como a ti te gusta, con mucha mantequilla. Quítate ese uniforme sucio, pa lávatelo, Paquito”, comenzó a decir doña María cuando la llevaron a comprobar que el cadáver tendido a pocas esquinas del rancho era el de su hijo. Del delirio, la doña pasó al desmayo, al ver que el “chiquito” no respondía a sus caricias. La noticia se propagó rapidísimo. Antes de que llegara el médico legista, el barrio entero había explicado la causa de la muerte. “Eso fue por ta¥ dándosela en serio”. “Con los delincuentes no se puede ser blandito”. “Al policía que no mata, lo matan”, dijeron los que creían que el disparo, a dos pulgadas del corazón, era cosa de uno de los tantos malhechores que el sargento Paquito había apresado. Yo, que estaba comprando salami y harina cuando me enteré de la tragedia, tengo otras sospechas. Sé que el problema de mi amigo Paquito no era con los delincuentes comunes, sino con los del cuartel, con los que usan el uniforme para buscarse “lo suyo”, los que le revientan la cabeza a los ladrones y a los vendedores de droga que no les pagan peaje, los que andan por ahí poniendo orden, pero no ley, en las actividades ilícitas del barrio. Paquito me había hablado de ellos. Más que en las armas, se esconden bajo el manto de un oficial que tiene fincas y yipeta “por obra y gracia de sus buenos servicios a la ciudadanía”. El comandante aborrece a los agentes que no se adaptan a “la línea”, a los que “se la dan en serios”, como Paquito. Mi amigo me dijo que se había ganado la mala voluntad de sus compañeros por negarse a poner en “29” a un muchacho de 16 años, mejor dicho, por no querer matar a un menor a sangre fría. “Si quieren que me cancelen, pero yo creo que la vida de una gente es sagrada”, me dijo hace poco, como augurando la “cancelación” que le esperaba.

El regalo


Los primeros días de clases siempre resultan dolorosos para Paquito. En el aula, en recreo y a la salida de la escuela, los otros niños se la pasan hablando de los deliciosos platos que sus madres prepararon en Nochebuena, y de los juguetes del Día de Reyes. Al muchacho se le hace la boca agua cuando escucha las descripciones: “Pavo horneado”, “manzanotas”, “funda de dulcitos navideños”, “moro de guandules”, “litros de coca-cola” y “unos pasteles en hoja que estaban para chuparse los dedos”. Después, las imágenes le chocan con el recuerdo de la mesa vacía de su casa, y con la tos seca de su madre. Hunde su rostro entristecido entre cuadernos reciclados y le pide a Dios el don de la invisibilidad. En enero pasado se sintió “raro” cuando Miguelito llevó un carrito rojo, de control remoto, que causó estragos entre los estudiantes. Hasta las niñas se turnaron para tocar al “Diablo Rojo”, como bautizaron al juguete. Pero lo que más incomoda a Paquito del regreso a clases es la forma en que sus compañeros lo reciben. De manera simultánea todos lo miran de pies a cabeza, y luego sueltan una carcajada. Él sabe que se burlan de sus zapatos rotos y de su uniforme desgastado. “Paquito, toma un pan para tus zapatos, que tienen hambre”, le dijo Miguelito en una ocasión, haciéndolo pasar tremenda vergüenza. Ese mismo día, Paquito se hizo una promesa: “Podrán hablar de lo que ellos quieran, pero ya no se van a burlar de mí. Tu va’ ve’”, se dijo. El niño aprovechó las pasadas vacaciones navideñas para limpiar zapatos en el parque. El empeño que ponía a su trabajo hizo que mucha gente le diera “el doble sueldo”. La mitad del dinero conseguido se lo dio a “la vieja” para que hiciera la cena de Navidad, y con la otra parte se hizo el regalo de Reyes que siempre quiso. Compró zapatos y uniforme nuevos. El primer día de clases del 2009, se tiró de la cama más temprano que nunca y se vistió con el atuendo que le costó sudor infantil. Aunque los zapatos le quedaban bastante apretados, recorrió a pie el camino hasta la escuela. A los pocos minutos, comenzó a cojear porque el tobillo izquierdo se le había hinchado por la mala circulación. Cada paso era un doloroso esfuerzo que tendría su recompensa. “Nadie se burlará de mí ahora. Deja que me vean con esta pinta”, pensaba. Paquito ignoró el dolor que le había subido hasta la rodilla. Arrastró su calzado hasta la puerta del aula, donde sus compañeros de curso hacían los tradicionales comentarios sobre Navidad y Reyes. Levantó la cabeza, enderezó el pie izquierdo y atravesó la reunión. Los demás niños se quedaron viéndolo sin pronunciar palabra, ni carcajadas. El limpiabotas se sentó en su respectiva butaca y, en silencio, hundió su rostro entre lágrimas de alegría, primero, y de dolor, después.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Buenas noticias


Las buenas noticias abundan. Lo que sucede es que nos la pasamos distraídos, desconectados del canal que las transmite. Las primeras aparecen montadas sobre un sol amable. Son pedazos de nube incrustados en la mansedumbre del azul claro del cielo. Vienen redactadas en un aire todavía limpio y fresco, que se vuelve friíto cuando llega diciembre. A pesar de salir publicadas cada mañana, son tan actuales y necesarias como el saludo de los buenos días. Nadie se atreve a llamarlas fiambre, ni siquiera los que alardean de pesimistas.
El precio del petróleo, los legendarios apagones, la necedad de los parasitarios partidos políticos y hasta la menstruación, intentan someterlas a censura, pero no lo consiguen. Las buenas noticias son tantas que sería imposible elaborar un discurso presidencial de fin de año, un decreto o una medida de Interior y Policía que las coarte. De repente te invaden la tarde del sábado, sagrada hasta para los no judíos -por eso de la esclavitud laboral- y se visten de puesta de sol, de recorrido por el barrio o de comedera de gallina. En ciertas ocasiones te llevan de regreso a la casa de los viejos, para supervisar el sazón de sus calderos. Aunque debo confesarte que a veces me distraigo y no consigo leerlas. Fijo la vista en cosas muertas, decoradas de vanidades. Dejo que los tapones y el humo de las agresivas calles de la capital se apoderen de toda mi atención. Los choferes arrancan de mí las peores maldiciones, el hundimiento de la isla.
En esos días, cuando llego al trabajo, me detengo a padecer y a memorizar las peores malas noticias, como un masoquista cualquiera. Hace poco estuve en esa situación, sufriendo las mañanas, desperdiciando las tardes, mal durmiendo las
noches... hasta que llegaste tú: mi buena noticia. La mejor de los últimos meses, la excusa perfecta para tomar café. He aprendido tanto de ti que las cosas que conversamos ya ni las pienso, las sueño. Me haces bien hasta tal punto que quisiera romper las estúpidas formalidades para abrazarte como un loco, y teñirme con tu espíritu bondadoso. El otro día, mientras comíamos, sentí que conocerte no había sido una coincidencia, sino un reencuentro. Contigo aprendo a ver el mundo como lo ven tus ojos. Tú nunca pusiste condiciones a mis pies pequeños. Caminamos juntos. Hoy me detengo a celebrar tu existencia, la misma que me ayuda a recordar que en este mundo quedan innumerables maravillas por conocer y muchos amigos por abrazar. Te quiero.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Inmortales

Paquito, nunca olvides que los inmortales deben desaparecer. Es la única forma de conseguir un verdadero progreso. Ahora ven. Toma mi mano, te los presentaré. ¡Cuidado con ese charco de aguas negras! El barrio está lleno de esos malditos hoyos. En un rato tu olfato se acostumbrará al olor a descuido que ensucia al aire. ¿Los ves? Por supuesto que son muchos. 

Las cifras oficiales esconden la gran parte gris de la realidad. El borracho tirado en aquella esquina es Papachón. Debió morir de cirrosis hace cinco años, pero se quedó a vivir en el cuerpo de Teo, su hijo mayor, al que se le fuñó el brazo una semana antes de que los Doggers lo firmaran. ¡Hum! No te confundas. Ésas no son niñas ni sus barrigas están hinchadas por hartura. La de la minifalda se llama Rosy, tiene tres hijos y sólo conoce al padre del primero. La de las tetas grandes es Carmen. Nunca se le había visto barriga. Es la primera vez que la sitotec le falla.
Las dos son meseras en el colmadón de la esquina desde hace siglos. Para allá vamos, después que te enseñe al comandante Peralta.
Sí, aquel señor con bigote, el de la mecedora. Lo pensionaron como capitán del Ejército hace diez años. Cree que su casa es un cuartel y que la esposa, doña Ana, es un soldado más de la infantería. “Lave la ropa”, “cállese la boca”, “planche la camisa cien veces”, “diga yo soy una basura”, son algunas de sus “órdenes superiores”. Como no se quiere morir, enganchó a sus dos hijos a la guardia. Piensa llegar a general dentro de uno de ellos para desquitarse las humillaciones que sufrió cuando era subalterno. Sigamos el ruido y las botellas. Son camino seguro al colmadón. Aquí la fiesta nunca termina. Los inmortales, antes de engrasar los calderos, prefieren beberse el sudor de la semana de un solo bochinche. Sienten una atracción incontrolable por las cosas nuevas: teléfonos, tenis, estimulantes sexuales, trapos… Hasta la mierda se la comen si es de último modelo. ¿Contentos? Mientras dure el ruido. Después tropiezan con las aguas hediondas, con el aire turbio, con la casa gris.
  Es en la sobriedad donde escuchan una voz insistente que les pide que se suiciden, que dejen esas malditas vidas y emprendan un viaje colectivo hacia el sueño, hacia la humanidad. Todos intentan seguir la voz hasta que el ruido y la vanidad los vuelve a distraer, les disfraza la miseria. Así viven desde hace siglos. Lo sé porque algunos son mis amigos, otros, mis hermanos. No quisiera juzgarlos, Paquito. Prefiero seguir motivándolos a la muerte, a la búsqueda de otra vida. Pero mi voz no es suficiente, amigo. ¿Me prestas la tuya?

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Las muchachas


¡Cómo avanzan las muchachas, Paquito! Míralas. Resulta difícil imaginar que una vez fueron niños con el pelo largo y las orejas perforadas. ¿Te acuerdas? Les tocaba ver los aguaceros desde la puerta de la casa, mientras nosotros nos hundíamos en el charco recién nacido. Pocas se atrevieron a dejar las muñecas y la ropita rosa para unirse a nuestra pandilla. Ésas jugaron al “topao” o a “el escondido” como cualquiera de nosotros. La gente grande del barrio les voceaba “María machito, María machito”, pero ellas se hacían las chivas locas. Desde que terminaban sus tareas, nos acompañaban a marotear por los patios, en busca de árboles frutales para encaramarnos. Eso sí, volvían a sus hogares cubiertas de una delgada capa de tierra y sudor que las delataba ante sus padres. Entonces conocieron la “pela”, “por marimacho”, “pa’ que no juegue con varones”, “porque las niñas no dan vuelta maroma”.
Una tarde las muchachas se nos presentaron distintas. El rostro y la cadera les había cambiado. Del corazón comenzaron a brotarles dos interesantes protuberancias. El cuidado de su pelo se convirtió en un atractivo mayor que la frescura del aguacero. Sobre la piel por donde antes corría el sudor infantil pusieron cremas protectoras y perfume. Ya ni nos miraban. Los muchachos de la pandilla quedamos solos, la mayoría con cara de guayo, llena de espinillas. La voz se nos puso grave luego de que nos saliera el bozo más ridículo del mundo. ¡Difíciles tiempos, amigo! Sobrevivimos gracias a la mano consoladora que Dios nos envió. Ellas se enamoraron de muchachos de veinte y pico –de los que podían invitar un helado y regalar en San Valentín-, al tiempo que nuestros sueños se ensuciaban con un fl uido viscoso, el mismo que a veces sustituimos por las neuronas. Cuando llegó nuestro turno de crecer, las encontramos llorando. Decían que los primeros amores las habían engañado, que se aprovecharon de su ingenuidad para comérseles el tesoro personal que guardaban. “Y tanto que mami lo decía, todos los hombres son iguales”, se les escuchaba repetir. Eso las hizo buscar seguridad, una “relación estable”. Pero no con nosotros, los de la pandilla ya ni las mirábamos. Preferíamos hablar con las jovencitas que aún escondían un tesoro. Gastamos el tiempo persiguiendo aquella preciada pertenencia. Nuestras viejas amigas decidieron, pues, volver a crecer. Y rompieron brazos en la universidad. Vistieron las mañanas de la capital con su presencia. A los jefes acosadores los mandaron para el carajo. Formaron una nueva pandilla, capaz de manejar grandes empresas, decorar las casas y llevar los niños a la escuela, sin descuidar el salón de belleza. ¿Ves, Paquito? Avanzaron más que nosotros, que ni siquiera parimos. Ilustración: Kilia LLano.

La ventana


Los jóvenes de la República del Olvido decidieron desvelar los misterios que arropaban la leyenda, y marcharon en masa hacia la ventana. Querían abrirla para conocer las cosas ocultas detrás de ella. Emprendieron el viaje armados con libros, palabras y consignas. Los más pequeños llevaron piedras dentro de los bolsillos. Estaban confundidos porque los adultos nunca supieron explicarles con exactitud el origen del enorme monumento. Algunos decían que la ventana apareció en el horizonte el mismo día de la Independencia Nacional. “Es el regalo de Dios para los pueblos libres”, explicaban los de la escuela. Otros se la pasaban diciendo que si fuese abierta entrarían nuevas y resplandecientes luces. “Valles, ríos y montañas se sumarían al mar y al cielo en una interminable producción de riquezas, repartidas entre todos los ciudadanos. Las aves y las personas se unirían en un canto. La apertura traería cambios radicales al orden establecido. Los sueños del pueblo jamás volverían a fallecer sin antes ser conquistados. Y el tamaño del pensar y el espíritu de las personas aumentaría. Un grupo de idealistas creyó que La Ventana se abriría con un sacrifi cio colectivo. Pero los realistas los contradijeron, asegurando que esa acción consumiría a la comunidad. “Aún no estamos preparados para hacer un sacrifi cio como ése”, decían en los medios de comunicación. Fue así como la República pasó 164 años sin atreverse a quitar la cerradura de la ventana. La historia de su procedencia y el objetivo de su aparición se convirtieron en una leyenda contada de diferentes maneras. Por eso los jóvenes no conocían con certeza su pasado y vivían agobiados por la incertidumbre del futuro. Se cansaron de no tener memoria y salieron hacia el horizonte, al lugar donde se levantaba el monumento. La caminata dejó boquiabiertos a iglesias, cuarteles policiales, universidades, dueños de empresas y al Gobierno. Los muchachos y las muchachas caminaban vociferando consignas en un idioma que los adultos olvidaron. Sus pasos se detuvieron al llegar a la ventana. De inmediato, el primer grupo comenzó a bombardearla con palabras bonitas, sin conseguir alcanzar la cerradura. Los que llevaron piedras en los bolsillos atacaron durante horas y el monumento permanecía inalterable. El cansancio ya hacía de las suyas cuando un tal Paquito se puso al frente de la multitud y disparó un libro. El proyectil alcanzó la cerradura, pero no la abrió, sino que rompió en miles pedazos La Ventana. Por la abertura entró una gran luz. Y los jóvenes vieron la aparición de nuevos mundos, nuevas ideas y nuevas canciones. La leyenda era cierta. Por Jhonatan Liriano. Ilustración: fuente externa.

La chacabana y el amor


Todo el mundo me piropea cuando uso la chacabana blanca que dejaste etiquetada con mi nombre. Si vieras cómo me queda. ¡Ni mandada a hacer! Yo mismo la lavo con jabón de cuaba y la plancho con almidón. Y, al igual que tú, Paquito, la reservo para “ocasiones especiales”. Cuando algunos muchachos se acercan a preguntar dónde la compré, les digo que es un tesoro de la herencia familiar. Muchos lo toman a broma, porque desconocen el orgullo que siento al recorrer las calles de un país tan torcido como este, vestido con la chacabana de un hombre tan derecho, tan transparente, tan hermoso como tú, mi querido Paquito. Pero esa vestimenta, al igual que todas las cosas, pronto terminará desgastándose. Tú más que nadie lo sabías. Por eso me preparaste un segundo regalo, uno que sobrevivirá al tiempo, al caótico tránsito de la capital, a los asesinos de la Marina de Guerra y a las babosadas de un “líder” que no respeta la Ley de Educación: el amor. Ese viento que hacía volar a tu viejo cuerpo campesino hasta la casa de tus nietos. Movido por él llenabas nuestras tardes con juegos, cosquillas y cuentos, cuentos de las negras tierras de Cacique, mil veces preñadas por el sudor de tu frente, por la honradez de tus manos, por la dulzura de tu voz. El amor hacía que tu rostro se poblara de sonrisas a primera hora de la mañana. Y te ayudó a convertir las peleas de tus hijos en memorables abrazos. Nunca permitió que tu hogar se distrajera con la pobreza material, sino que lo invitaba a festejar la batata con leche y los huevos criollos. Tenías tanta fe en ese sentimiento que te pasaste la vida entera construyéndolo, sembrándolo entre los tuyos. Paquito, cuando me dijeron que tus manos arrugadas regalaban sus últimas caricias, salí corriendo para Cacique. Quería mostrarte que ya soy capaz de andar sobre el amor. Que gracias a él rompí las absurdas distancias culturales y puedo abrazar a los amigos, besar a mi padre y respetar a la muchacha que me acompaña. Quería contarte que me duele menos la rutina cuando me visto con ese imperecedero tesoro, que me ayuda a descubrir bondades en todos los seres. Pero llegué y te habías ido. La casita de madera estaba mojada con llanto de tus descendientes. Entré a la habitación y no pude acercarme a la cama. Se me rompió el alma después de ver tu chacabana blanca colgada en la pared. Tenía una etiqueta, y en la etiqueta mi nombre, escrito con tus redondas letras, amado abuelo.

El comandante

Recuerdo cuando ibas a la vanguardia del pelotón, comandante Paquito. Te abrías paso entre la hierba de guinea y los alambres de púa como todo un guerrillero. El grupo de soldados descalzos seguía tus pasos hasta el monte de Jarro Sucio, que era nuestro campo de batalla. A tu orden comenzaba la misión de recoger chinolas, guayabas y mangos maduros. A veces corríamos con suerte y atrapábamos una que otra tórtola para guisarla con ajo, cebolla y su chin de sopita. Te obedecíamos porque eras el mayor y porque aquella cinta roja que te amarrabas en la frente te hacia parecer a Rambo. Nos explicabas que “los objetivos deben ser abordados con rapidez y precisión”. Si dos tropas de niños coincidían en una misma mata, comenzaba la guerra de guayabazos de donde salían varios ojos aboyados. Aquella era una situación dolorosa, pero poco frecuente entre nosotros, ya que tú, Paquito, siempre fuiste el mejor comandante de la bolita del mundo. Supiste dirigirnos. Nunca permitiste que el sargento Omar nos diera cocotazos arbitrarios delante de ti. “Los cocotazos son para corregir, no para abusar”, le decías al desdientado ese. Gracias a tu destreza aprendimos a ranear para escondernos de los adultos que salían a buscarnos a la hora de la comida. Y dejamos de pisar las minas hediondas que nosotros mismos sembrábamos en la tierra al hacer nuestras necesidades al aire libre. Fuiste nuestro primer ejemplo de cautela y de justicia. Por tal razón me sorprende encontrarte hoy aquí, en esta Academia Militar. Si sabías que la mayoría de los comandantes de verdad son unos charlatanes, y que la milicia de “la gente grande” está repleta de generales buenos para nada, y que muchos oficiales sólo saben explotar a los subalternos, ¿por qué diablos te metiste en esta vaina? ¿Acaso se te olvidó que los jefes de los comedores se toman la mayor parte del presupuesto de la comida y le “abimban” la barriga con locrio de arenque a los reclutas. Fuiste tú quien me contó que un capitán de este centro obliga a los cadetes a comprar hasta tres veces un mismo utensilio de trabajo, porque la tienda que lo vende es de su propiedad. Hasta un tal Barómetro Internacional anunció que los órganos castrenses son los más corruptos de todo le país. Paquito, solo no podrás contra esa doble moral. Sal de aquí. Vuelve conmigo a Jarro Sucio para que trabajemos juntos en nuestro otro sueño. ¡Pongamos un vivero! De seguro que las flores te dejarán mayores beneficios que esta institución, plagada de minas de las que nuestro pelotón infantil depositaba entre el verdor de los montes.

martes, 25 de noviembre de 2008

El encuentro


La vez que comencé a buscarme, encontré a Paquito. Bastó con fijar mis ojos a un metro de distancia para que el rostro de aquel ser, tan lleno de rostros, se presentara y se apropiara de mi atención, de mis preguntas, de mi ingenuo deseo de cambiar los tristes colores de las casas del barrio. Pronto descubrí sus manos, que no son manos, que son palancas que levantan los suelos y los hacen torre del Malecón, “vívere” del Mercado Nuevo, o brócoli del que se come en Piantini. Las manos de Paquito perfuman la mañana con olor a café. Tienen surcos por donde corre toda la miel de esta media isla, las guaguas públicas y los motoconchos.
El tipo vive en la parte atrás del país. Es el que sale de un callejón periférico cada madrugada para ir a la ciudad, a veces al campo. Una vez allí organiza el buffet, administra la caja de cobros, vende tarjetas de llamada en un semáforo, cuida la espalda a un “pana” que ahora es funcionario, escribe la noticia, maneja una yipeta, explica la tarea a los niños que no se parecen a los suyos, y regresa por el mismo callejón a prepararse para la faena del día siguiente. Paquito es un luchador y conocerlo es mi gran orgullo. No todos los jóvenes pueden darse ese bombo. Soy un “cheposo”. Recuerdo que mis profesores de la escuela siempre lo mencionaban. Pero vestían su cara con cientos de comparaciones históricas que lo hacían ver como a un ser terminado e inmóvil. La televisión lo caricaturiza. Lo presenta como un hombre orgulloso del progreso y la modernidad que le rodean, cuando a Paquito la indignación y la vergüenza no le caben en el pecho por la tanta miseria que ve crecer alrededor de la abundancia ostentada por tres apellidos, “porque aquí los sueños nunca terminan de gatear”.
Aunque todavía soy incapaz de definirlo por completo, lo reconozco a leguas. Y ninguna publicidad, ni salami, ni retórica podría distraerme de él. Me importa un chele el circo que se monta cada principio de año para celebrarlo. Un día no es suficiente para honrar a un nombre. Paquito es más grande que las banderas levantadas por los brazos sucios de olvido. Su espíritu sobrepasa la alegría del merengue y la amargura de la bachata. No se deja esclavizar por los tragos del ron ni por los puñetazos con los que “el viejo” acariciaba a “la vieja”. Crece. Se alimenta con hermosas mañanas y, pese a que algunos quisieran lo contrario, se sienta a beberse el mar de vez en cuando, a bañarse de arena, y de sol, y de tarde. Es un ser inconcluso que busca la coherencia, que prefiere un pan para todo la mesa a un filete para el “señor de la casa”. Y por eso lo busco, porque hurgando su nombre descubro el mío. Es “un montón de sueños rotos, que nunca mueren, se vuelven otros”.