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jueves, 10 de septiembre de 2009

Señor, manda tus rayos

Querido papá Dios:

Papá Dios, estoy muy guapo contigo, porque leí en el periódico de hoy que un rayo le cayó encima al señor Clemente Suero, un campesino de Villa Altagracia. ¡El pobre! Imagino que no pudo despedirse de su familia antes de subir a donde San Pedro.
Con todo el respeto que te mereces, debo decirte que me parece un grave descuido. Hace meses estás mandando las descargas eléctricas de las nubes a lugares equivocados.
¿Por qué en vez de dejarlas caer sobre mansos y nobles agricultores no las mandas al Congreso Nacional?
Bien sabes que muchos de nuestros congresistas necesitan uno de tus ejemplos celestiales. De seguro te enteraste de la última bellaquería cometida por esos engendros de la indecencia y la vileza. ¡Esos barbarazos se ofendieron porque una periodista públicó las nóminas en las que mantenían a gran parte de los miembros de sus árboles genealógicos (padres, hermano, tíos, sobrinos..)!
Uno de ellos se atrevió a decir –con toda la cachaza del mundo- que los malos de la película son los comunicadores, por estar metiendo las narices y las cámaras de televisión en las cuentas públicas. ¿Oíste a ese turpén? ¿Dónde estaban los relámpagos entonces?
Me parece que tienes serios problemas de percepción. No estas distribuyendo con justicia los rayos, y mucho menos los meteoritos. Mientras Clemente, de 63 años, queda fulminado en menos de un segundo, todos nuestros “ilustres representantes” andan pavoneándose por caros hoteles y restaurantes, pagando las cuentas con los chelitos correspondientes a servicios comunitarios. Y no les mandas ni un mosquito del dengue. ¡Eso ta’ fuerte, muy fuerte!
Si tu quieres solamente dales un susto. Has que las descargas les caigan al ladito, para ver si piensan un momento en otra cosa que no sea cogerse inescrupulosamente los cuartos de los más chiquitos.
Ayúdame en eso, diosito lindo. Sabes que mi fe nunca ha sido muy buena, pero estoy intentando dejar de decir malas palabras y no coger tantos piques con la campaña electoral, los policías y los tapones de la Máximo Gómez (sí, lo del Metro fue una vaina, el problema no se resolvió).
Por último, quiero pedirte que cuides a Nuria, Alicia, Huchi, Marino, Juan Bolívar y a toda la gente que se respeta en este pedacito de tierra llamado país. Sobre ellos no dejes caer ni un chin de sereno. Con sus refunfuños limpian este aire apestoso a politiquería para que los asmáticos podamos respirar.

Te quiere un paquetón,

Paquito

PD: Si al cielo llega alguien con una bandera mostrando un jacho, un gallo o una estrella amarilla, no lo dejes entrar. Es un demonio disfrazado de gente. Te lo digo por experiencia.

sábado, 15 de agosto de 2009

"Serios" contra la corrupción

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Una vez, la República de las Maravillas estaba atravesando la más profunda crisis de su historia. Los maravillanos se habían tirado a las calles a herirse mutuamente con piedras, palos y armas de fabricación casera, en protesta por los altos niveles de corrupción observados en la administración pública.
Miles de hombres y mujeres se congregaron frente al Palacio de Gobierno, con leños encendidos y pancartas hechas de cartulina. “¡Corruptos, malvados, mis cuartos se han robado!”, “Funcionario, ladrón, dame ese yipetón!”, “María era pobre, y el pueblo la eligió. Ahora es funcionaria y del pueblo se olvidó!”, coreaba la multitud enardecida. Otros grupos bloquearon las principales carreteras del país. Las escuelas, los destacamentos policiales y los centros de salud fueron cerrados por falta de seguridad. La República era un caos. De emergencia, los hombres más serios conformaron la Cumbre Nacional Contra la Corrupción “Cunacocco 2009”, encabezada por el único miembro del Gobierno que se conservó inmaculado entre los corruptos: El Presidente.
“Nosotros, los líderes serios de la nación, estamos obligados a castigar a los corruptos que tanto daño hacen a los bolsillos roídos del pueblo”, discurseó el mandatario para dejar iniciado el encuentro.
“Para empezar, el Gobierno debe reducir los gastos y los salari…”, decía un empresario cuando un economista del partido de oposición lo interrumpió. “Usted no es quien para decir nada en esta sala. Estamos trabajando contra la corrupción, y usted es un reconocido evasor de impuestos”, criticó el economista. Un periodista se alteró por el comentario. Se puso de pie y le reclamó: “Si por eso es, tu tampoco puedes hablar. Cuando tu partido estaba en el poder te hiciste rico en menos de un año. ¡Barbarazo!, ni los militares hacen eso”.
“Mas respeto a los militares, ¡carajo! Nuestras fincas, mansiones y vehículos de lujo son el fruto de nuestro trabajo, no del lambonismo ni de las relaciones públicas disfrazadas de periodismo”, soltó un coronel invitado a la Cumbre. El obispo pensó en manifestar su opinión, pero, al recordar el estado de su cuenta bancaria y una que otra facilidad gubernamental recibida cada mes, decidió guardar silencio.
Los gritos y los insultos seguían. Un miembro de la Suprema Corte estaba ahorcando con las manos al vendedor de plátanos que lo llamó “encubridor de lo mal hecho”. Justo entonces el viejo Paquito planteó su propuesta: ¿Por qué no sacamos al presidente con todo y gabinete?.
“¡Imposible. El presidente es tan serio como nosotros. Es un miembro distinguido de nuestro grupo!”, respondió alterado un comentarista televisivo, provocando gran silencio en la sala. “Por eso lo digo. ¿Por qué no lo sacamos?”, reiteró el viejo. 150809 Jhonatan Liriano.

domingo, 2 de agosto de 2009

El Cínico y las maravillas


Éste que está aquí, Paquito Pérez, el hijo de doña Juana, tiente la conciencia tranquila porque sabe que no voto por él. Desde que El Cínico se sentó en la silla, en la República de las Maravillas el valor de la honestidad anda por el piso, arrastrándose junto a los nobles principios de los Padres Fundadores. Los hombres y las mujeres críticos pasaron a ser “fracasados”, “revoltosos”, “comunistas” o “inconformes”, por negarse a formar parte del circo del progreso, el avance, la marcha y todos esos sinónimos relacionados a cualquier cosa, menos a la realidad de este pedazo de isla llamado país. ¿Resentido yo? Bueno, viéndome desde tu pedazo de colcha, puedo serlo. No te voy a negar que el solo hecho de escuchar el nombre de ese farsante (y no me vengas con que esa es la naturaleza de la política) me provoca nauseas.
Te digo esto para que nunca me compares contigo ni con los de tu equipo de “trabajo”. No soy la última coca cola del desierto, pero mis opiniones no salen de una cabeza recostada sobre los suaves almohadones del erario público. Todos los hombres no son iguales. A quien defiendes, El Cínico, es el responsable directo de la nociva pasividad de nuestro barrio, de nuestra gente. Cuando hace uso de la retórica no busca más que hilvanar engaños y construir ciudades ficticias (igualitas a la de los gringos) en el imaginario de los cansados de padecer.
¿No fue él quien prometió resolver definitivamente el problema eléctrico, principal obstáculo de la producción nacional? ¿En su “Agenda del Progreso” la Educación no era la prioridad? ¿Se te olvidan las promesas de mejoría alimenticia que les lanzó a las bocas cenizas hechas caravana? Sus discursos hacían imaginar alimentos de calidad para todo el mundazo, con los cuales garantizar un desarrollo integral de las condiciones físicas y mentales de las nuevas generaciones. ¿En qué quedó aquello, hermano? Y no te me hagas el loco por beneficio, quedó en una crisis del sistema eléctrico agudizada por las denuncias de corrupción contra uno de los mega ministros del Gobierno maravillano. Quedó en apagones nunca apagados, en capitalización y descapitalización del sistema energético, en el precio de los alimentos volando por las nubes, como El Cínico que se la pasa viajando por el mundo, resolviendo crisis financieras y políticas internacionales, mientras en las continuas huelgas del interior revelan que al pueblo se lo está llevando el diablo. ¡Ése es el progreso maravillano!
Es un progreso de la corrupción y la mentira,
es el avance del conservadurismo en una región que busca y necesita el cambio, es la agresión silenciosa contra quienes contradigan al estadista londinense radicado en El Caribe. No es otra cosa, hermano.

sábado, 28 de marzo de 2009

El recluta que marchó en el desfile


La orden de un comandante no se cuestiona, ni siquiera se piensa. Se cumple. Por eso, cuando el capitán lo pidió, Paquito y los demás reclutas se quitaron el uniforme nuevo con el que habían marchado dos horas antes y se fueron al cuartel solamente con los pantaloncillos todavía empapados de sudor. Los “pelapapas” también tuvieron que devolver las botas que la Jefatura les había entregado en un estruendoso acto que precedió al desfile militar. Y se fueron a la cama con las tripas vacías porque el almuerzo previsto en el presupuesto de la marcha desapareció por arte de magia, y así se quedaría por los siglos de los siglos. “Buen trabajo, guardias. Hasta el Secretario de las Fuerzas Armadas nos llamó para felicitarnos por nuestra excelente participación”, arengó el oficial, mientras los reclutas se dirigían a sus habitaciones, desnudos y con la boca ceniza del hambre.
Antes de dormirse, en la soledad del cuarto común, lleno de hombres grajosos y sicotudos, Paquito pensó en su primera participación del desfile militar que conmemora la independencia de la mil veces gloriosa República de las Maravillas. No entendía a qué se refirió el Presidente cuando dijo que “los malos no pasarán”. Se perdió descifrando el discurso del Jefe de Estado Mayor, en el que decía que, a pesar de los recientes actos de corrupción cometidos por militares, los organismos armados están llenos de nobleza y vocación de servicio. “¿Será verdad que el Presidente no sabe que aquí hay más generales que escuadrones?, ¿y que la mayoría tiene fincas, vehículos de lujo y casas que no pueden justificar?”, se preguntaba. En
el caco pelao del muchacho que nació y creció en San Isidro, las inquietudes no dejaban de saltar. “Coño. Cualquiera que los oye hablando de seriedad y de honor. Si la gente supiera que los chamacos que nos dieron esta mañana para desfilar ante las cámaras de televisión se quedaron en las manos del comandante. Horita nos los vende a nosotros mismos”, continuaba el raso. Estaba tan indignado que a veces pensaba en voz alta, sin temor a que sus compañeros lo escucharan. “Tanta disciplina para nada. Aquí hay barbarazos peores que los delincuentes de la calle. ¿Tú crees que es buena cosa un tipo que se coja los cuartos que el Gobierno da para la comida de uno, o el que le cobra una tarifa a los guardias que piden un permiso? No, ombe, no. La seriedad es otra cosa”, dijo en voz alta antes de entrar a profundos senderos del sueño. 28/03/09. Por Jhonatan Liriano Lizardo. Foto de fuente externa.

domingo, 15 de febrero de 2009

El parque olía a cambio


Yo estuve ahí. Con estos ojos que se han de comer los gusanos, observé el gran acontecimiento. No voy a decir que los participantes formaban una multitud, pero sí eran los suficientes como para comenzar la revuelta que tanto necesita esta República de las Maravillas. Antes de la hora señalada, agentes policiales rodearon el parque que los jóvenes perfumaban de indignación y esperanza a medida que iban llegando. Vendedores ambulantes, estudiantes universitarios, parejas recién copuladas, mecánicos, chivatos, obreros, dirigentes sindicales, amas de casa, artistas y amigos de la prensa se reunieron frente a la glorieta, cada quien con su respectivo zapato en la mano. El equipo organizador ya había colocado muñecos en representación de los maravillanos que han convertido a la nación en una cueva de manilargos y simuladores. Los policías intentaron distraer a los presentes con una de sus conocidas payasadas, pero la astucia y la visión previsora de los muchachos y las muchachas no permitió el boicot. El acto continuaba. Una de las coordinadoras inició la cuenta regresiva: “Cinco, cuatro, tres, dos, uno...” Y llovieron zapatazos, sobre los muñecos, sobre la impunidad, sobre la corrupción, sobre las mentiras del Gobierno, sobre el sistema de partidos clientelista, sobre la Justicia complaciente, sobre la inercia, sobre el olvido. En cada lanzamiento los jóvenes expresaron la vergüenza que sienten por vivir en un país donde las autoridades privilegian a los delincuentes y castigan a los promotores de la esperanza. En la suela de algunos zapatos pude leer reclamos de profundos cambios sociales, otros convocaban a un río de sueños, a un caudal de esperanza, y todos exigían respeto. ¿Que se pasaron de la raya? No, ombe. Eso es lo que dicen los acomodados. Los que no padecen todos los días las consecuencias de la corrupción, los que no conocen el discurso del caldero vacío, los que defienden este apestoso estado de cosas porque llevan una vida “organizada” dentro de él. ¿Que mis palabras son feas? Feas son las de los jueces que dicen que toman decisiones importantes bajo presión, pero nunca revelan el nombre de quienes los presionan. Horrible es el caso de los senadores y diputados que no trabajan pero disfrutan de todos los privilegios que les ofrece el poder. ¿Existen declaraciones más desagradables que las ofrecidas por el máximo líder del progreso maravillano después que puso en libertad a una famosa corrupta, dizque por razones humanitarias? No lo creo. La lluvia de zapatazos que calló en el parque Enriquillo la semana pasada no constituye ningún irrespeto. Es el comienzo de una tormenta de transformaciones que nació en el corazón de la juventud comprometida con el presente y el futuro de esta media isla. Es la primera victoria de una lucha que apenas inicia. 14/02/09.

martes, 3 de febrero de 2009

En política


La tía Juanita se puso seria, apagó la hornilla de la estufa y se sentó en la silla de guano para darle el consejo. “Paquito, todos los políticos son unos delincuentes. Lo único que saben hacer es engañar al pueblo. No te acerques a esa raza de maleantes, por el amor de Dios, mi hijo”, le dijo. Pero el muchacho no le hizo caso. Al otro día se inscribió en el recién creado Partido del Progreso Maravillano (PPM), agrupación formada por superhombres capaces de bajar “una luna de Saturno para cada ciudadano de la República de las Maravillas: ¡La solución inmediata a los históricos problemas nacionales! Estaba fascinado. Tenía la esperanza de cambiar los colores de las casas de su barrio y llevar más actividad a la vieja estufa de la tía. Quería llegar al poder para acabar con las desigualdades sociales. Recolectando firmas y haciendo operativos comunitarios alcanzó en pocos meses la posición de Coordinador de la Juventud a nivel regional. Y el Secretario General de PPM en persona le entregó una distinción el día que lo nombraron Líder del Año.
Para la ocasión, pronunció un discurso que conmovió a sus compañeros y sembró inquietudes en los corazones de los que habían dejado de creer en el sistema de partido. “Tenemos la responsabilidad social de participar en la transformación de nuestra realidad. Debemos comprometernos. Recordemos las palabras del padre de la patria: la política es la más pura de todas las ciencias. Súmate, el futuro nos pertenece”, proclamó.
Se había convertido en un símbolo de honestidad y trabajo. Otras organizaciones temían a su retórica y a su capacidad de convocatoria. Su prestigio era tanto que cuando el PPM llegó al poder, el sobrino de Juanita fue nombrado Director General de Aduanas, el más joven de la historia. De inmediato, comenzó a trabajar en la reorganización de la institución. Canceló a los empleados que habían cometido irregularidades en la administración anterior y mejoró las condiciones de trabajo de los que se quedaron.
“Paquito seriedad”, como le decían”, disfrutaba cumplir con su deber, hasta el día que la cara se le cayó de vergüenza. Los periódicos decían que sus compañeros de partido, los superhombres, habían utilizado el dinero del pueblo para construirse costosas villas. Los de la Cámara de Cuenta cobraron un sueldo de lujo sin haber trabajado.
Y el Presidente de la República puso en libertad a un grupo de ladrones que desfalcó al pueblo maravillano. La corrupción había permeado al PPM. Durante horas, por la mente de Paquito cruzó la idea de la unidad del partido, el consejo de Juanita y su integridad como ser humano. Terminó renunciando a su cargo y a la política. Mientras depositaba la carta de dimisión, las palabras de la tía le saltaban en la mente: “todos los políticos son unos delincuentes, mi hijo”.