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lunes, 8 de agosto de 2011

Porque estás ahí



Si eludo a las luciérnagas 
que me salen al camino 
o si rompo los silencios
que me puedan convenir

si prefiero calle y gente
a confort envilecido
o si enfrento la injusticia
sobre casa que es ajena
 
no es que piense ser más fuerte
en mis pasos solitarios
ni pretendo ser martillo
en pared de corrupción.

Si mis manos van forjando,
con amor, otros senderos,
o mis rifles se encarrilan
al origen del dolor

nunca pienses que soy tonto
pretencioso del martirio
ni payaso que se duerme
en laurel de vanidad
 
Porque estás ahí me crezco,
voy henchido de valor.
Porque estás ahí reclamo
la justicia y la razón.

Porque no me falta verte,
ni escucharte ni tocarte
para tener la certeza
de tus pasos junto a mí.

Porque estás ahí mi frente
se levanta orgullosa
y mis brazos siempre esperan
aquel día que vendrá

Jhonatan Liriano

domingo, 24 de octubre de 2010

La Resistencia


















La resistencia, a veces, parece desaliño,
muchacha sin labial,
y poco en los bolsillos.

Los resistentes, aislados, parecen la derrota,
hombre sin peldaños
o par de alas rotas.

Resistir, en el fondo, resulta ser muy triste
si calla su alegría
el ser que se resiste.

En cambio, si comparte sus hondas esperanzas,
demuestra que este mundo
es algo más que nada.

La resistencia, siempre, implica compromiso.
Es flor, amigos, gente,
respeto por lo vivo.

Los resistentes, juntos, ponen ladrillo al sueño.
Construyen el futuro
con un presente bueno.

Resistir, sin duda, es un enfrentamiento
con montes de egoísmo,
con viles monumentos.

Jhonatan Liriano
Foto: maxxximo.com

jueves, 9 de julio de 2009

Mi amigo El chulo

Alto, de cachetes rosados y bonachón, así era Paquito cuando lo conocí. Podría decirse que tenía todos los atributos de la elegancia, pero no la elegancia. Debajo de las cejas tupidas y cruzadas, sus ojos inquisidores se dedicaban a descubrir el mundo de sus contemporáneos, distinto al de los libros y al de los sermones de su santa madre, Juana. Las piernas les habían crecido más de lo normal, por eso no podía correr a la hora del recreo, porque le daba la calambrina.
Nosotros (Holman, Edgar, Marquito y yo) lo admitimos en el coro por ser un tipo inocente, y de mucha inteligencia (lo bauticé La Memoria Andante), aunque su falta de sentido común disgustaba a los demás muchachos. “Anoche fueron dos consecutivas. Y no empecé la otra porque mi hermano quería entrar al baño”, podía decir con voz estridente sin inmutarse, haciendo que todo el colegio se enterara de los lujuriosos temas tratados en nuestro grupo (la vergu¨enza se multiplicaba ya que todos éramos activos integrantes de la Pastoral Juvenil). Deseoso de probar las mieles vertidas en las películas para adultos, comenzó a estudiar, conjuntamente con la Biblia, el latín y los evangelios apócrifos, las “Reglas de oro del Casanova”. Recuerdo que para aquella época no cazó nada, pero nunca se dio por vencido. “Después de misa le pedí un beso a fulana”, llegó a decir. “Felicidades, verdugo. ¿Besa bueno la muchachona?”, le pregunté sorprendido. “Eso no lo sé, pero creo que tiene tres callos en la mano derecha”, lamentaba el pobrecito mientras se frotaba el cachete enrojecido. A mí sólo me salía por consuelo un “no te preocupes, hermano. En este barrio hay mujeres por pipá”.
“Eso no me preocupa. Según dice un libro que me estoy leyendo, es en esas experiencias donde se aprende el arte de amar. Además, la galleta no me dolió tanto como la profundidad de sus ojos. ¡Cónchole, si ella supiera cuánto me duelen sus ojos negros!”, dijo Paquito cuando aún no tenía bigote. Ahora que sí lo tiene, es un tipo distinto. En su dinámica agenda de estudiante de medicina consiguió incluir a ciertas compañeras como asignaturas obligatorias. Las veces que lo veo me informa sobre su más reciente conquista. Se ha vuelto erudito en cámpus universitario. Sabe en qué rincones pueden ejecutarse las artes amatorias y cuáles horarios son los recomendados para esos asuntos. La carrera tras las faldas le permitió desarrollar el sentido común que le faltaba. Si catalogáramos sus levantes, tendríamos una interesante catálogo de Beldades Maravillanas.
Según lo que me cuenta, y es un tipo sincerísimo, sus manos de pariguayo han recorrido los caminos de morenas, mulatas, blanquitas y jojotas, sin más compromiso que la compañía. Es por eso que le digo “El chulo”. Eso sí, después de aconsejarle prudencia, porque las almas nobles como la suya, por el bien de muchos, deben cuidarse de no naufragar en las dulces aguas del placer.

domingo, 21 de junio de 2009

En los oscuros caminos nos encontramos


A Hecmilio Galván y La Multitud
El mundo siempre ha sido así y nadie podrá cambiarlo. Nuestro deber cosiste en conocerlo para dominarlo, piensan ellos. A las casas del barrio les caería bien una manita de pintura, y la distancia que separa a los muchachos que rondan ociosos por aquella esquina de las jóvenes caucásicas de la universidad privada se rompería con dos o tres justas decisiones gubernamentales, cívicas o insurrectas, pensamos nosotros, previendo un fiesta de besos multicolores en todas las calles de la ciudad. Juran y requetejuran que la educación comprada con el productivo sudor de nuestros hermanos les permitirá perpetuar la desigualdad y el olvido en esta República de las Maravillas.
Nosotros nos alimentamos con hermosas mañanas, historias, ciencia, abrazos y canciones para conseguir la integridad con la que levantaremos las honestas banderas del cambio. Mientras ellos apuestan a nuestra división, diciendo que el resentimiento y las ideas anticuadas nos mantienen dispersos y desorientados, nosotros nos encontramos en los senderos de la solidaridad. Afilamos los cuchillos de nuestra voz y cargamos los fusiles de nuestro pensamiento con los proyectiles de la esperanza. Esta batalla por la permanencia del bosque y la extinción la delincuencia de Estado nos lleva a la convergencia, desde donde impondremos las pequeñas cosas que engrandecen a los pueblos.
Ellos dicen que somos irreverentes porque todavía no probamos las mieles de la corrupción estatal. Creen que todos los hombres y las mujeres son iguales, que la única diferencia la hace un rollo de billetes. ¡Los pobres! No conocen la alegría de la entrega desinteresada, ni han descubierto la divinidad de la justicia social. Son los peores enemigos de la fe que predican. Si no fuera porque sus contradicciones existenciales asesinan a nuestros hermanos y al paisaje que los acoge, molestando de paso nuestras ansias de armonía, los dejaríamos consumirse en sus penosas decisiones. Pero no nos temblará el pulso cuando llegue el momento de arrancarle el corazón a los oscuros caminos de su queridísima gobernabilidad. Para eso vivimos y nos encontramos, para la ruptura.
Nuestra marcha tomó fuerza en el Parque Nacional Los Haitises, recorrerá todos los caminos de esta media isla, hasta llegar a la cabeza del sistema, la cual cercenaremos convertidos en Multitud, hechos Revuelta, armados de Justicia y sedientos de productiva confrontación. No podrán detenernos porque conocemos nuestro pasado, no aceptamos nuestro presente y, hechos pueblo, nos apoderaremos del futuro.

sábado, 25 de abril de 2009

El pacto


Dejaré de quererte si te olvidas del pueblo, si tus ojos se pierden entre cosas y olvido. Maldeciré tu nombre si lo inscribes en la lista de los traidores. No permitas jamás que tus manos se cierren para apropiarse de la tierra, o del aire, o del mar, o del cielo, porque entonces te vería como al mayor de los criminales.
Tus ideas, Paquito, no pueden tejer cadenas que aten el sudor de la gente. Si un día te sorprendo andando los caminos de la avaricia y el individualismo, permitiré, desde la tranquilidad de mi conciencia, que te consumas en la miseria de la consiguiente soledad. Entonces te señalaré ante mis hijos como el vivo ejemplo de la perdición humana.
La misma actitud has de tener conmigo, porque el pacto que ahora firmamos, querido Paco, está por encima de nuestra amistad. El propósito que abrazamos se sobrepone a cualquier deseo particular. Para imponer en el barrio y en toda la República de las Maravillas la barriga contenta, la palabra certera, y la ciencia, y el amor, es imprescindible la coherencia.
No podemos permitir que los traidores que alimentan sus bolsillos alabando al pueblo y sirviendo a los acomodados se mezclen con nosotros. Ellos son responsables de esta pasividad suicida. En la “gobernabilidad” que predican se sustenta el sistema que mantiene a tu madre y a mis hermanos dormidos sobre sueños incumplidos. Miles de maravillanos esperan comerse en el cielo los platos de arroz que ven pasar de largo cada semana, mientras los ilustres “líderes” de la República proponen fórmulas para resolver los problemas intercontinentales.
Es hora del cambio.
Y tenemos que provocarlo.
Tomemos por armas las grandes ideas, los principios universales que enfrentan a la desigualdad y condenan a los líderes “democráticos” que utilizan el poder emanado del pueblo para promover proyectos personales.
Mandemos al paredón a las conductas que atenten contra el desarrollo integral del barrio y de la nación.
Que el pan llegue a la mesa antes que los cuadernos, que las puertas del consultorio sean abiertas antes que las del metro, y que conozcamos lo que somos antes de salir a decir en los foros internacionales lo que queremos ser. Paquito, desde hoy nuestros labios se caerán al piso si intentan detener los anatemas que obligatoriamente lanzaremos contra la desigualdad y la corrupción. No buscaremos la comodidad ni el reconocimiento antes que el imperio del amor, que es la más inquebrantable de las razones. Nunca llamaremos sacrificio al pacto que hoy rubricamos con palabra de hombre, ni a las acciones que por él habremos de ejecutar. Lo nuestro es un compromiso con la memoria de nuestros padres, con los más altos principios abrazados por la humanidad a través de la historia, y con la vida en cada una de sus manifestaciones. Este es nuestro acuerdo, Paquito, y lo cerramos con un abrazo. Venceremos. 25 de abril del 2009. Jhonatan Liriano.

sábado, 28 de marzo de 2009

El recluta que marchó en el desfile


La orden de un comandante no se cuestiona, ni siquiera se piensa. Se cumple. Por eso, cuando el capitán lo pidió, Paquito y los demás reclutas se quitaron el uniforme nuevo con el que habían marchado dos horas antes y se fueron al cuartel solamente con los pantaloncillos todavía empapados de sudor. Los “pelapapas” también tuvieron que devolver las botas que la Jefatura les había entregado en un estruendoso acto que precedió al desfile militar. Y se fueron a la cama con las tripas vacías porque el almuerzo previsto en el presupuesto de la marcha desapareció por arte de magia, y así se quedaría por los siglos de los siglos. “Buen trabajo, guardias. Hasta el Secretario de las Fuerzas Armadas nos llamó para felicitarnos por nuestra excelente participación”, arengó el oficial, mientras los reclutas se dirigían a sus habitaciones, desnudos y con la boca ceniza del hambre.
Antes de dormirse, en la soledad del cuarto común, lleno de hombres grajosos y sicotudos, Paquito pensó en su primera participación del desfile militar que conmemora la independencia de la mil veces gloriosa República de las Maravillas. No entendía a qué se refirió el Presidente cuando dijo que “los malos no pasarán”. Se perdió descifrando el discurso del Jefe de Estado Mayor, en el que decía que, a pesar de los recientes actos de corrupción cometidos por militares, los organismos armados están llenos de nobleza y vocación de servicio. “¿Será verdad que el Presidente no sabe que aquí hay más generales que escuadrones?, ¿y que la mayoría tiene fincas, vehículos de lujo y casas que no pueden justificar?”, se preguntaba. En
el caco pelao del muchacho que nació y creció en San Isidro, las inquietudes no dejaban de saltar. “Coño. Cualquiera que los oye hablando de seriedad y de honor. Si la gente supiera que los chamacos que nos dieron esta mañana para desfilar ante las cámaras de televisión se quedaron en las manos del comandante. Horita nos los vende a nosotros mismos”, continuaba el raso. Estaba tan indignado que a veces pensaba en voz alta, sin temor a que sus compañeros lo escucharan. “Tanta disciplina para nada. Aquí hay barbarazos peores que los delincuentes de la calle. ¿Tú crees que es buena cosa un tipo que se coja los cuartos que el Gobierno da para la comida de uno, o el que le cobra una tarifa a los guardias que piden un permiso? No, ombe, no. La seriedad es otra cosa”, dijo en voz alta antes de entrar a profundos senderos del sueño. 28/03/09. Por Jhonatan Liriano Lizardo. Foto de fuente externa.