El baño matutino termina de despertarme. Fulmina las invitaciones de la pereza, acostumbrada a venderme diez minutos más de sueño, como si diez minutos fueran suficientes para dejar en la cama un mes de cansancio. El chocolate de agua y la afeitadora hicieron magia. Me siento como nuevo. Salgo a la calle con mi bulto roído (pero chulo) y, en lo más profundo de mi corazón, donde nace la arteria aorta, auguro uno de los mejores días del año. Pero el optimismo me dura poco. Ahí llega la guagua.
La abordaré para recorrer ocho kilómetros en hora y media. Por supuesto, si la suerte me acompaña, y no nos encontramos con uno de esos tapones estúpidos de nuestro maravilloso tránsito. El asiento que me toca está en “la cocina”, en medio de dos señoras llenitas (no digo gordas porque las mujeres se sienten muy mal cuando las llaman así). ¡Y yo que planché esta camisa con tanto esmero! Otra vez me tocará llegar macao al trabajo. No sé porque estos desgraciados se empeñan en meter cinco pasajeros en asientos fabricados para cuatro (entiendo, es por ganar más dinero, pero tengo que desahogarme).
Intento leer para aprovechar el tiempo en esta sucursal del purgatorio. Cuando comienzo a concentrarme inicia el concierto. El chofer, tan ensimismado como el Presidente de la República, cree que anda solo. Y enciende la radio a todo lo que da, con uno de los reguetones más populares de los últimos tiempos, aquál que dice “Pepe, Pepe, por ahí viene pepe”, y nada más.
“Hermano, bájelo un poco, por favor”, le solicito con la poca esperanza recomendada por la experiencia. “No te oigo. Habla más duro, como un hombre”, me grita, provocando que algunos pasajeros me lancen una mirada de paneo, como si buscaran comprobar la maliciosa insinuación. Por suerte, hoy no me puse mi camisa rosada (no temo a los comentarios de ese tipo, pero las discusiones en las guaguas se convierten en un verdadero bochinche, y éste, a su vez, puede traducirse en violencia).
Lo único que quiero es llegar al trabajo, vivo, peinado y sin aruñones. Voy tarde, según el reloj. “Chofer acelera”. “Si vas a seguir jodiendo mejor te me apeas. Yo salí de mi casa a buscar dinero, así que se me aguantan”, sentenció en voz alta, para que lo escucharan los otros cuarenta y tantos pasajeros. No le hago caso y evito problemas.
Esta gente no va lejos para darle un batazo a uno por cualquier “quítamelapaja”. Mejor contemplo aquella muchacha. No se ve mal. Me parece haberla visto en los pasillos de la empresa en la que trabajo. Procuraré sentarme a su lado la próxima vez. Nadie sabe si esa es la futura madre de mis hijos. ¡Echa, mañana pensaré en ella cuando suba a la guagua! “Se acabaron los chelitos. Se me apean”, anuncia el cobrador de la voladora. Al fin llegué a la parada. Ahora debo tomar un carro público, que es otra vaina.
"Sin educación el genio humano queda sepultado bajo las acciones desorganizadas e impulsivas del instinto". Paquito.
Mostrando entradas con la etiqueta Vainas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vainas. Mostrar todas las entradas
lunes, 20 de julio de 2009
De camino al trabajo
sábado, 28 de marzo de 2009
El recluta que marchó en el desfile

La orden de un comandante no se cuestiona, ni siquiera se piensa. Se cumple. Por eso, cuando el capitán lo pidió, Paquito y los demás reclutas se quitaron el uniforme nuevo con el que habían marchado dos horas antes y se fueron al cuartel solamente con los pantaloncillos todavía empapados de sudor. Los “pelapapas” también tuvieron que devolver las botas que la Jefatura les había entregado en un estruendoso acto que precedió al desfile militar. Y se fueron a la cama con las tripas vacías porque el almuerzo previsto en el presupuesto de la marcha desapareció por arte de magia, y así se quedaría por los siglos de los siglos. “Buen trabajo, guardias. Hasta el Secretario de las Fuerzas Armadas nos llamó para felicitarnos por nuestra excelente participación”, arengó el oficial, mientras los reclutas se dirigían a sus habitaciones, desnudos y con la boca ceniza del hambre.
Antes de dormirse, en la soledad del cuarto común, lleno de hombres grajosos y sicotudos, Paquito pensó en su primera participación del desfile militar que conmemora la independencia de la mil veces gloriosa República de las Maravillas. No entendía a qué se refirió el Presidente cuando dijo que “los malos no pasarán”. Se perdió descifrando el discurso del Jefe de Estado Mayor, en el que decía que, a pesar de los recientes actos de corrupción cometidos por militares, los organismos armados están llenos de nobleza y vocación de servicio. “¿Será verdad que el Presidente no sabe que aquí hay más generales que escuadrones?, ¿y que la mayoría tiene fincas, vehículos de lujo y casas que no pueden justificar?”, se preguntaba. En
el caco pelao del muchacho que nació y creció en San Isidro, las inquietudes no dejaban de saltar. “Coño. Cualquiera que los oye hablando de seriedad y de honor. Si la gente supiera que los chamacos que nos dieron esta mañana para desfilar ante las cámaras de televisión se quedaron en las manos del comandante. Horita nos los vende a nosotros mismos”, continuaba el raso. Estaba tan indignado que a veces pensaba en voz alta, sin temor a que sus compañeros lo escucharan. “Tanta disciplina para nada. Aquí hay barbarazos peores que los delincuentes de la calle. ¿Tú crees que es buena cosa un tipo que se coja los cuartos que el Gobierno da para la comida de uno, o el que le cobra una tarifa a los guardias que piden un permiso? No, ombe, no. La seriedad es otra cosa”, dijo en voz alta antes de entrar a profundos senderos del sueño. 28/03/09. Por Jhonatan Liriano Lizardo. Foto de fuente externa.
Antes de dormirse, en la soledad del cuarto común, lleno de hombres grajosos y sicotudos, Paquito pensó en su primera participación del desfile militar que conmemora la independencia de la mil veces gloriosa República de las Maravillas. No entendía a qué se refirió el Presidente cuando dijo que “los malos no pasarán”. Se perdió descifrando el discurso del Jefe de Estado Mayor, en el que decía que, a pesar de los recientes actos de corrupción cometidos por militares, los organismos armados están llenos de nobleza y vocación de servicio. “¿Será verdad que el Presidente no sabe que aquí hay más generales que escuadrones?, ¿y que la mayoría tiene fincas, vehículos de lujo y casas que no pueden justificar?”, se preguntaba. En
el caco pelao del muchacho que nació y creció en San Isidro, las inquietudes no dejaban de saltar. “Coño. Cualquiera que los oye hablando de seriedad y de honor. Si la gente supiera que los chamacos que nos dieron esta mañana para desfilar ante las cámaras de televisión se quedaron en las manos del comandante. Horita nos los vende a nosotros mismos”, continuaba el raso. Estaba tan indignado que a veces pensaba en voz alta, sin temor a que sus compañeros lo escucharan. “Tanta disciplina para nada. Aquí hay barbarazos peores que los delincuentes de la calle. ¿Tú crees que es buena cosa un tipo que se coja los cuartos que el Gobierno da para la comida de uno, o el que le cobra una tarifa a los guardias que piden un permiso? No, ombe, no. La seriedad es otra cosa”, dijo en voz alta antes de entrar a profundos senderos del sueño. 28/03/09. Por Jhonatan Liriano Lizardo. Foto de fuente externa.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)