"Sin educación el genio humano queda sepultado bajo las acciones desorganizadas e impulsivas del instinto". Paquito.
martes, 11 de enero de 2011
El 4 por ciento es solo el inicio
martes, 3 de febrero de 2009
En política

La tía Juanita se puso seria, apagó la hornilla de la estufa y se sentó en la silla de guano para darle el consejo. “Paquito, todos los políticos son unos delincuentes. Lo único que saben hacer es engañar al pueblo. No te acerques a esa raza de maleantes, por el amor de Dios, mi hijo”, le dijo. Pero el muchacho no le hizo caso. Al otro día se inscribió en el recién creado Partido del Progreso Maravillano (PPM), agrupación formada por superhombres capaces de bajar “una luna de Saturno para cada ciudadano de la República de las Maravillas: ¡La solución inmediata a los históricos problemas nacionales! Estaba fascinado. Tenía la esperanza de cambiar los colores de las casas de su barrio y llevar más actividad a la vieja estufa de la tía. Quería llegar al poder para acabar con las desigualdades sociales. Recolectando firmas y haciendo operativos comunitarios alcanzó en pocos meses la posición de Coordinador de la Juventud a nivel regional. Y el Secretario General de PPM en persona le entregó una distinción el día que lo nombraron Líder del Año.
Para la ocasión, pronunció un discurso que conmovió a sus compañeros y sembró inquietudes en los corazones de los que habían dejado de creer en el sistema de partido. “Tenemos la responsabilidad social de participar en la transformación de nuestra realidad. Debemos comprometernos. Recordemos las palabras del padre de la patria: la política es la más pura de todas las ciencias. Súmate, el futuro nos pertenece”, proclamó.
Se había convertido en un símbolo de honestidad y trabajo. Otras organizaciones temían a su retórica y a su capacidad de convocatoria. Su prestigio era tanto que cuando el PPM llegó al poder, el sobrino de Juanita fue nombrado Director General de Aduanas, el más joven de la historia. De inmediato, comenzó a trabajar en la reorganización de la institución. Canceló a los empleados que habían cometido irregularidades en la administración anterior y mejoró las condiciones de trabajo de los que se quedaron.
“Paquito seriedad”, como le decían”, disfrutaba cumplir con su deber, hasta el día que la cara se le cayó de vergüenza. Los periódicos decían que sus compañeros de partido, los superhombres, habían utilizado el dinero del pueblo para construirse costosas villas. Los de la Cámara de Cuenta cobraron un sueldo de lujo sin haber trabajado.
Y el Presidente de la República puso en libertad a un grupo de ladrones que desfalcó al pueblo maravillano. La corrupción había permeado al PPM. Durante horas, por la mente de Paquito cruzó la idea de la unidad del partido, el consejo de Juanita y su integridad como ser humano. Terminó renunciando a su cargo y a la política. Mientras depositaba la carta de dimisión, las palabras de la tía le saltaban en la mente: “todos los políticos son unos delincuentes, mi hijo”.
Consejo para un muchacho

Esa cara de perro amarrao la deja pa’ mi velorio, mi hijo, que por ahí viene. El sábado está muy bonito para que vengas a dañarlo con tus refunfuños y tu aburrimiento. Se supone que los jóvenes se caracterizan por ser alegres, dinámicos y llenos de energía, pero tú, Paquito, últimamente andas más cascarrabias que yo, que soy un viejo to’ chueco. Te he dicho como quinientas veces que no debes amargarte la vida con los actos vergonzosos que comenten los dirigentes políticos de esta República de las Maravillas. Esos sinvergüenzas serán juzgados por el dedo implacable de la historia. Y el momento para el cambio que tanto desean tú y tus amigos llegará a su tiempo. Recuerda que los fundadores de este paisito eran muchachos y muchachas como ustedes. Con obritas de teatro y actividades culturales, los héroes nacionales se metieron al gobierno invasor en un bolsillo. Canalizaron las emociones y las fuerzas juveniles de las que gozaban a través de una estrategia bien elaborada que permitió que, una memorable noche de febrero, esta isla se dividiera en dos, para bien de nosotros. Bueno, sabes más que yo de ese tema, fuiste el que me contó la historia completa de Juan Pablo Duarte un día que volviste del liceo vuelto loco, entonando himnos y deseoso de cambiar la nación, y el continente, y el mundo, y todo el sistema solar. “Por desesperada que sea la causa de mi Patria, siempre será la causa del honor, y siempre estaré dispuesto a honrar su enseña con mi sangre”, declamaste cuando entraste por el patio con un bigote postizo en tu rostro, pintado con pasta de limpiar zapatos. ¡Ay!, casi me hago pipi de la risa con aquella imagen, aunque confieso que me contagiaste de la esperanza que te brotaba a cántaro por los ojos. Esa esperanza es la que no debes dejar morir. Los jóvenes no pueden permitirse el desaliento y el cansancio. Están llamados a propiciar los cambios sociales y políticos que la República de las Maravillas necesita y merece. ¿Qué oportunidades ni oportunidades? Tú crees que quines se enriquecen explotando al pueblo o los que aprovechan su estadía en el Estado para amasar fortuna dan oportunidades? No, mi hijo. No supliquen por espacios, fabríquenlos. Como ya el uso del trabuco pasó de moda, usen la palabra. Ármense con la honradez y los sueños que los charlatanes dejaron tirados en el olvido. Cuando comiencen a movilizarse, los acomodados intentarán silenciar sus pasos y amedrentarlos, pero una balsa de gente seria e indignada levantará su voz para acompañarlos. Hasta nosotros, los viejos que estamos “jartos” de ver cómo un grupo de traidores saquean y maltratan nuestra tierra, caminaremos a su lado. Levanta la mirada, Paquito, y llama a tus amigos. Este hermoso sábado está perfecto para comenzar a llenar a nuestra Patria de verdaderas maravillas.
Por Jhonatan Liriano.
sábado, 24 de enero de 2009
El regalo

Los primeros días de clases siempre resultan dolorosos para Paquito. En el aula, en recreo y a la salida de la escuela, los otros niños se la pasan hablando de los deliciosos platos que sus madres prepararon en Nochebuena, y de los juguetes del Día de Reyes. Al muchacho se le hace la boca agua cuando escucha las descripciones: “Pavo horneado”, “manzanotas”, “funda de dulcitos navideños”, “moro de guandules”, “litros de coca-cola” y “unos pasteles en hoja que estaban para chuparse los dedos”. Después, las imágenes le chocan con el recuerdo de la mesa vacía de su casa, y con la tos seca de su madre. Hunde su rostro entristecido entre cuadernos reciclados y le pide a Dios el don de la invisibilidad. En enero pasado se sintió “raro” cuando Miguelito llevó un carrito rojo, de control remoto, que causó estragos entre los estudiantes. Hasta las niñas se turnaron para tocar al “Diablo Rojo”, como bautizaron al juguete. Pero lo que más incomoda a Paquito del regreso a clases es la forma en que sus compañeros lo reciben. De manera simultánea todos lo miran de pies a cabeza, y luego sueltan una carcajada. Él sabe que se burlan de sus zapatos rotos y de su uniforme desgastado. “Paquito, toma un pan para tus zapatos, que tienen hambre”, le dijo Miguelito en una ocasión, haciéndolo pasar tremenda vergüenza. Ese mismo día, Paquito se hizo una promesa: “Podrán hablar de lo que ellos quieran, pero ya no se van a burlar de mí. Tu va’ ve’”, se dijo. El niño aprovechó las pasadas vacaciones navideñas para limpiar zapatos en el parque. El empeño que ponía a su trabajo hizo que mucha gente le diera “el doble sueldo”. La mitad del dinero conseguido se lo dio a “la vieja” para que hiciera la cena de Navidad, y con la otra parte se hizo el regalo de Reyes que siempre quiso. Compró zapatos y uniforme nuevos. El primer día de clases del 2009, se tiró de la cama más temprano que nunca y se vistió con el atuendo que le costó sudor infantil. Aunque los zapatos le quedaban bastante apretados, recorrió a pie el camino hasta la escuela. A los pocos minutos, comenzó a cojear porque el tobillo izquierdo se le había hinchado por la mala circulación. Cada paso era un doloroso esfuerzo que tendría su recompensa. “Nadie se burlará de mí ahora. Deja que me vean con esta pinta”, pensaba. Paquito ignoró el dolor que le había subido hasta la rodilla. Arrastró su calzado hasta la puerta del aula, donde sus compañeros de curso hacían los tradicionales comentarios sobre Navidad y Reyes. Levantó la cabeza, enderezó el pie izquierdo y atravesó la reunión. Los demás niños se quedaron viéndolo sin pronunciar palabra, ni carcajadas. El limpiabotas se sentó en su respectiva butaca y, en silencio, hundió su rostro entre lágrimas de alegría, primero, y de dolor, después.
