"Sin educación el genio humano queda sepultado bajo las acciones desorganizadas e impulsivas del instinto". Paquito.
jueves, 29 de septiembre de 2011
Este barrio no es mío
Este barrio no es mío. Pero tampoco es de nadie.
No tiene dueño ese asfalto blanquecino de la calle, ni la acera estrecha que recoge los pasos de tanta gente fugaz.
Los vecinos de aquí son leyendas, construcciones prejuiciadas que sueltan el saludo como piensan el respiro.
¿Quién podría reclamar la posesión legítima de estas puertas cerradas al día, a la tarde, a la noche? Hierros coloridos amplían la tristeza de nuestra distancia. Protegen los hogares del repentino delincuente, capaz de llevarse la vida aunque la deje intacta.
Por este barrio hasta el aroma a café se queda escondido. Lo huelo asomarse con el alba, altanero y dinámico, pero nunca lo encuentro hecho taza de buen vecino, mucho menos estrategia de acercamiento.
En este barrio, llamado eufemísticamente urbanización, ni siquiera hay un parque. Hay una esquina selvática donde no juega el niño, donde no se besan los novios, ni se enfrentan los sueños. Cervezas y estruendo la arrastran a la figura de una cantina cualquiera. Y hasta los cantineros saben que un parque no es una cantina.
Si estoy en este barrio es porque no tengo otro. El que tuve lo dejé parqueado junto a la adolescencia, el mismo día en que salí a buscar los habilidades, y con las habilidades el moro. Ahora vivo aquí, en esta vaina que no es barrio ni urbanización ni nada, entre una mezcla de carnes y concreto. Entro y salgo como por un túnel desierto del que nada me importa, y al que nada le importo.
No quisiera ver a mis hijos creciendo en esta nada. Tengo que volver a mi barrio, o por lo menos construir uno mío.
Jhonatan Liriano
martes, 11 de enero de 2011
El 4 por ciento es solo el inicio
lunes, 8 de noviembre de 2010
Educación da Poder
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| Imagen tomada de blog.fotocommunity.net |
Sin educación el genio humano queda sepultado bajo las acciones desorganizadas e impulsivas del instinto.
Quienes conocen acostumbran tomar las decisiones más convenientes. Quienes no conocen se mueven en el ámbito de la incertidumbre, y de la incertidumbre pasan al miedo, que es el terreno donde los viles imponen las cadenas de la dependencia.
Fueron los hombres y mujeres mejor educados de Francia los que presentaron e impusieron las ideas que cambiaron el curso de la historia durante la Revolución de 1789. Los países pobres de Asia que a finales del siglo pasado dieron más importancia a la educación hoy son ricos e indispensables actores del mercado mundial.
En Latinoamérica, Chile, Argentina y Brasil están entre los más cercanos ejemplos de aplicación de esta fórmula que no falla.
Y si no falla ¿por qué un país pequeño y vulnerable como República Dominicana no termina de asumir la educación como la respuesta a sus principales problemas? Sencillo. La educación es poder, y el poder no se pide ni se regala. Se construye o se toma.
Los grupos que manejan las estructuras del Estado no necesitan una población mejor educada, porque sería una población más exigente, más atenta a las andanzas de sus representantes, que no iría a las urnas electorales motivada por una botella de ron ni por una funda de alimentos del programa de Asistencia Social de la Presidencia.
La educación mejora la condición humana, pero sus resultados no son tan concretos como las carreteras, los puentes y los elevados que suelen presentarse en las campañas. No es un árbol que dé frutos a corto plazo, como los preferidos por los oportunistas que abundan en el sistema de partidos de esta República de las Maravillas.
Nuestros gobernantes, caudillos sin caballos ni revólveres, no dedicarán sus mejores esfuerzos al sector educativo mientras tengan que saciar el hambre de sus organizaciones, de los partidos aliados, de la deuda externa y los organismos internacionales, y la suya propia. En esta lógica, el poder no se mantiene haciendo lo correcto, sino lo que es conveniente.
Por estas y otras tantas razones, la entrega de mayores recursos al sector educativo no será una decisión de la clase política nacional. Será una imposición de la ciudadanía consciente.
La gente tendrá que buscar la forma de obligar a que sus representantes prioricen la inversión en la fórmula que siempre trae el desarrollo de la mayoría como beneficio. La educación es distribución de poder.
Por Jhonatan Liriano
sábado, 24 de enero de 2009
El regalo

Los primeros días de clases siempre resultan dolorosos para Paquito. En el aula, en recreo y a la salida de la escuela, los otros niños se la pasan hablando de los deliciosos platos que sus madres prepararon en Nochebuena, y de los juguetes del Día de Reyes. Al muchacho se le hace la boca agua cuando escucha las descripciones: “Pavo horneado”, “manzanotas”, “funda de dulcitos navideños”, “moro de guandules”, “litros de coca-cola” y “unos pasteles en hoja que estaban para chuparse los dedos”. Después, las imágenes le chocan con el recuerdo de la mesa vacía de su casa, y con la tos seca de su madre. Hunde su rostro entristecido entre cuadernos reciclados y le pide a Dios el don de la invisibilidad. En enero pasado se sintió “raro” cuando Miguelito llevó un carrito rojo, de control remoto, que causó estragos entre los estudiantes. Hasta las niñas se turnaron para tocar al “Diablo Rojo”, como bautizaron al juguete. Pero lo que más incomoda a Paquito del regreso a clases es la forma en que sus compañeros lo reciben. De manera simultánea todos lo miran de pies a cabeza, y luego sueltan una carcajada. Él sabe que se burlan de sus zapatos rotos y de su uniforme desgastado. “Paquito, toma un pan para tus zapatos, que tienen hambre”, le dijo Miguelito en una ocasión, haciéndolo pasar tremenda vergüenza. Ese mismo día, Paquito se hizo una promesa: “Podrán hablar de lo que ellos quieran, pero ya no se van a burlar de mí. Tu va’ ve’”, se dijo. El niño aprovechó las pasadas vacaciones navideñas para limpiar zapatos en el parque. El empeño que ponía a su trabajo hizo que mucha gente le diera “el doble sueldo”. La mitad del dinero conseguido se lo dio a “la vieja” para que hiciera la cena de Navidad, y con la otra parte se hizo el regalo de Reyes que siempre quiso. Compró zapatos y uniforme nuevos. El primer día de clases del 2009, se tiró de la cama más temprano que nunca y se vistió con el atuendo que le costó sudor infantil. Aunque los zapatos le quedaban bastante apretados, recorrió a pie el camino hasta la escuela. A los pocos minutos, comenzó a cojear porque el tobillo izquierdo se le había hinchado por la mala circulación. Cada paso era un doloroso esfuerzo que tendría su recompensa. “Nadie se burlará de mí ahora. Deja que me vean con esta pinta”, pensaba. Paquito ignoró el dolor que le había subido hasta la rodilla. Arrastró su calzado hasta la puerta del aula, donde sus compañeros de curso hacían los tradicionales comentarios sobre Navidad y Reyes. Levantó la cabeza, enderezó el pie izquierdo y atravesó la reunión. Los demás niños se quedaron viéndolo sin pronunciar palabra, ni carcajadas. El limpiabotas se sentó en su respectiva butaca y, en silencio, hundió su rostro entre lágrimas de alegría, primero, y de dolor, después.

