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lunes, 21 de marzo de 2011

El maldeamor


El maldeamor es una vaina que te desajusta, que te desmonta todos los significados. Fácilmente puede convertir la mejor tarde de sábado en un deprimente derroche de mucosa nasal y tuiteo de pendejadas.

No hay llamada ni chercha que lo cure. Cuando alguien intenta distraerlo con dos o tres petacazos, apenas consigue acentuarlo, con risas estúpidas, y hasta con babeo. Y ahí sí es difícil la situación, porque de la tristeza brutal se pasa a la risa sin razón, a la payasada. 

El maldeamor altera los sentidos, hace que la más tonta canción romántica te recuerde momentos que ni siquiera viviste, o que la voz de quien no está en ti aparezca en todas partes, con una omnipresencia que el mismo Dios envidiaría. ¿Y los olores? Sin buscarlo, encuentras el perfume de aquella persona que te saca el pie en un desabrido pepino de ensalada o en una esquina de la cama en la que nunca estuvo.
Quien tiene maldeamor exagera la comida. No come nada hasta que se le pasa la enfermedad, o se traga un tanque de lo que sea hasta que le llega el sueño por  hartura simple. 
En vano llueven los consejos de la madre, el padre, los tíos o los amigos. Nadie tiene la fórmula adecuada para evadir los síntomas del maldeamor, capaces de tumbar al hombre más robusto y a la mujer más determinada.

Sólo el tiempo puede hacerle frente a este fenómeno que por lo menos sirve para recordarnos dónde, cómo y por qué se agita aquel aparato musculoso llamado corazón.


Escrito por Jhonatan Liriano. Foto enhabito.com

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Las muchachas


¡Cómo avanzan las muchachas, Paquito! Míralas. Resulta difícil imaginar que una vez fueron niños con el pelo largo y las orejas perforadas. ¿Te acuerdas? Les tocaba ver los aguaceros desde la puerta de la casa, mientras nosotros nos hundíamos en el charco recién nacido. Pocas se atrevieron a dejar las muñecas y la ropita rosa para unirse a nuestra pandilla. Ésas jugaron al “topao” o a “el escondido” como cualquiera de nosotros. La gente grande del barrio les voceaba “María machito, María machito”, pero ellas se hacían las chivas locas. Desde que terminaban sus tareas, nos acompañaban a marotear por los patios, en busca de árboles frutales para encaramarnos. Eso sí, volvían a sus hogares cubiertas de una delgada capa de tierra y sudor que las delataba ante sus padres. Entonces conocieron la “pela”, “por marimacho”, “pa’ que no juegue con varones”, “porque las niñas no dan vuelta maroma”.
Una tarde las muchachas se nos presentaron distintas. El rostro y la cadera les había cambiado. Del corazón comenzaron a brotarles dos interesantes protuberancias. El cuidado de su pelo se convirtió en un atractivo mayor que la frescura del aguacero. Sobre la piel por donde antes corría el sudor infantil pusieron cremas protectoras y perfume. Ya ni nos miraban. Los muchachos de la pandilla quedamos solos, la mayoría con cara de guayo, llena de espinillas. La voz se nos puso grave luego de que nos saliera el bozo más ridículo del mundo. ¡Difíciles tiempos, amigo! Sobrevivimos gracias a la mano consoladora que Dios nos envió. Ellas se enamoraron de muchachos de veinte y pico –de los que podían invitar un helado y regalar en San Valentín-, al tiempo que nuestros sueños se ensuciaban con un fl uido viscoso, el mismo que a veces sustituimos por las neuronas. Cuando llegó nuestro turno de crecer, las encontramos llorando. Decían que los primeros amores las habían engañado, que se aprovecharon de su ingenuidad para comérseles el tesoro personal que guardaban. “Y tanto que mami lo decía, todos los hombres son iguales”, se les escuchaba repetir. Eso las hizo buscar seguridad, una “relación estable”. Pero no con nosotros, los de la pandilla ya ni las mirábamos. Preferíamos hablar con las jovencitas que aún escondían un tesoro. Gastamos el tiempo persiguiendo aquella preciada pertenencia. Nuestras viejas amigas decidieron, pues, volver a crecer. Y rompieron brazos en la universidad. Vistieron las mañanas de la capital con su presencia. A los jefes acosadores los mandaron para el carajo. Formaron una nueva pandilla, capaz de manejar grandes empresas, decorar las casas y llevar los niños a la escuela, sin descuidar el salón de belleza. ¿Ves, Paquito? Avanzaron más que nosotros, que ni siquiera parimos. Ilustración: Kilia LLano.