sábado, 2 de octubre de 2010

Compromiso con las guayabas

Muchas veces las guayabas eran el cielo. Aparecían en el patio ajeno o en los tupidos montes de San Isidro para saciar con su redondez nuestras hambres e inquietudes.

Tú, Paquito, preferías las agrias, porque los adultos decían que las dulces tenían gusanos. Luego supiste que esos blancos animalitos, a los que nunca hiciste caso, se crían dentro de cualquier variedad, y que su consumo no provoca ningún daño a la salud.


“Las guayabas hacen mucho bien a las tripas. No importa si están maduras o verdes. Siempre son buenas”, decías mientras devorabas una a modo de ejemplo.

Aquellos eran tiempos de pandilla infantil. Y esos frutos juntaron nuestros caminos.
Yo salía a marotear por los montes y te encontraba tendido entre los guayabales, con la barriga hinchada de la hartura. Si las plantas estaban repletas, tomábamos las guayabas más maduras (blanditas) para armarnos como fieros miembros de la “guerrilla”. Con los bolsillos cargados iniciábamos la batalla, y el otro se convertía en enemigo. Entonces los guayabazos volaban por dondequiera.

Una vez violaste las normas, desgraciado, y me lanzaste una guayaba verde (dura) que casi me saca un ojo. ¡Caí hecho una mierda del árbol en el que me resguardaba! Todavía estaba aturdido cuando llegué a la casa con el moretón en la frente.

“Jamás vuelvas a esos montes, muchacho de la porra. ¿Tú te estás volviendo loco? Si te vuelves a meter en los guayabales, te voy a dar una pela que ni tu madre te va a conocer”, dijo mi papá en tono de sentencia. Por eso te dejé solo, Paquito, comiéndote las frescas guayabas que eran nuestra alegría común. No fue por miedo a tu puntería, como te habían chismoteado los otros niños del barrio.

En fin, creo que, en cierto modo, a las guayabas debemos parte de lo que somos. Buscándolas, comprendimos importantes elementos de este drama llamado vida.

Hoy que te invito a mi casa, quiero que plantemos juntos esta matica. Dentro de cinco o seis años, si los cálculos no me fallan, los hijos que no tenemos podrán encaramarse en sus ramas. Entonces, les contaremos de nuestro compromiso histórico con esta fruta, sembrada por el mismo Dios en las zonas rurales de la República de las Maravillas.

Escrito por Jhonatan Liriano. Sábado 02 de octubre del 2010. 

viernes, 24 de septiembre de 2010

No me gusta el trabajo

No me gusta el trabajo cuando, después de un largo trayecto de forzada existencia, deja al pobre trabajador en la indigna pobreza. 

Debe llamarse maldición y no desarrollo el canje de cinco días y medio de pasivo sometimiento por la mala comida y el pasaje contado. 


Aborrezco el trabajo cuando Paquito, que es un mulo hasta las 7:00 o las 8:00 de la noche, se acerca al hogar con la sonrisa divida entre el saludo y el miedo  al dolor insistente que le dobla la espalda. 

“Las operaciones y la medicina son muy caras y el seguro nada más te cubre una parte. Los padres de familia no debemos enfermarnos”, me dice, en tono de estrategia porque no le gusta quejarse, mucho menos si está delante de los muchachos. “Con la piña tan agria la queja no ayuda”.
Es desgracia el trabajo que enriquece a los viles, mientras los rectos se quedan con los tragos amargos de la indignación.
En este pedazo de isla cerca del 75% de los empleados obtiene menos de 16 mil pesos por alquilarse durante un mes completo. En la cifra están incluidos miles de guardianes de seguridad y abogados, ingenieros eléctricos y plomeros, recepcionistas telefónicos y contadores, médicos, policías y militares. Desde la “vida digna” ninguno puede acceder a la famosa canasta familiar, cuyo costo superó hace mucho los 20 mil pesos. En esas condiciones el trabajo no mejora la existencia, sino que alarga la grisácea sobrevivencia. 


¿Por qué no decirlo? No me gusta el trabajo que, con el paso de los días, aumenta tus capacidades y por razones biológicas merma las mías y las de los míos. Es un acto que a veces me parece al suicidio.

Sé de tus afanosos intentos de hacer a tu empresa mucho más competitiva, pero no puedo aceptar una carrera que coloca al producto por encima de mí. También sé que no estás dispuesto a modificar una relación que te da el beneficio y mantiene a los tuyos, pero, por ahora, debo decirte con toda sinceridad que no eres tan bueno, que no me siento cómodo, y que no tengo intención de ser víctima. 

Jhonatan Liriano
24 de septiembre del 2010
Paquito

lunes, 30 de agosto de 2010

El pionero

Grandes Invenciones de la Humanidad: no se sabe quién inventó la rueda que mueve carretillas y las máquinas, pero sí se conoce el nombre del inventor de la rueda que mueve la economía. Fue marco Marco Licinio Craso, nacido en el año 115 antes de Cristo.Él descubrió que la vitalidad del mercado depende del impulso mutuo entre la oferta y la demanda de bienes y servicios.

Para poner en práctica esta ley del circuito económico, fundó una empresa en Roma.Así nació la primera empresa privada de bomberos. Tuvo mucho éxito.
Don Marco Licinio provocaba los incendios y después cobraba por pagarlos. 

Eduardo Galeano, Bocas del Tiempo.

jueves, 29 de julio de 2010

Esa funesta generación

Entraron a destiempo a la formalidad y, como buenos aprendices, aprehendieron las palabras de la descarada manipulación.

Para no enfrentarse con la conciencia y los impulsos naturales que llevan a la libertad y al cambio, se hicieron desmemoriados, despreciaron la reflexión y la crítica, y se inclinaron por las palabras desiertas y la sonrisa fingida.  Esos muchachos van construyendo tragedias.  

Son los que conforman la emergente generación de políticos del sistema de partidos de esta República de las Maravillas.  Estudian con disciplina los caminos más prácticos que llevan al poder, sin detenerse un instante en las páginas de valores, ciencia o compromiso desinteresado con la vida. 
Usted los conoce. Todos los días se mueven como roedores bajo la sombra de los “grandes líderes”, a quienes desean superar en el futuro. 

En el pasado proceso electoral muchos se dejaron ver la cabeza. Andaban repartiendo dinero y mercancías baratas, comprando cédulas y mostrando las armas y los vehículos propios de vandalismo político, porque eso es lo que son: vándalos. Forman pequeñas estructuras de asalto, y marcan al presupuesto público como víctima principal.

No tienen respeto por el trabajo honrado y transparente. Si se les ve moviéndose como caballos en tiempos de campaña, es porque tienen la firme intención de pasar factura inmediata a los candidatos ganadores.
Esa funesta generación es la que pretende suceder a la clase política gobernante, con la diferencia de que ninguno de sus miembros se formó en agrupaciones populares o de izquierda. Todos son, directa o indirectamente, hijos del clientelismo.

Con el arresto de un grupo de jóvenes funcionarios de las aduanas de Santiago, acusados de mantener millonarios movimientos de contrabando, el país pudo apreciar pequeños matices de la conducta de los “líderes emergentes” que gravitan en los partidos tradicionales. Que nadie dude de sus intenciones individualistas. Los mueve el dinero y el poder,  que en este país son la misma cosa.
Por el bien del futuro y la sanidad del presente, alguien tendrá que hacerle frente a esa juventud antinatural, funesta.

Por Jhonatan Liriano